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23 de mayo de 2017

Una aventura llamada Miguelito Grill y Tapas

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Emprender un restaurante después de 15 años regenteando una ferretería propia para aprovechar un espacio contiguo y conectado a la misma es una aventura, pero la familia Jiménez tomó la decisión, asumió el reto y hoy, tres años después, muestra orgullosa a Miguelito Grill y Tapas, una moderna propuesta, en Constanza, para degustar buena comida.

Juan Jiménez, uno de los propietarios, dice que aunque el negocio principal es la ferretería, el restaurante ha significado un reto del que han aprendido mucho, primero porque no tenían experiencia en el ramo de alimentos, y segundo, porque han tenido que batallar con limitantes que actualmente unen al sector en procura de buscarles soluciones, como es la formación de personal calificado.

Explica que aunque el negocio nació con la idea de ofertar comida rápida como hamberguers, pechurinas, sándwiches, los clientes empezaron a exigir otros platos, lo que terminó trasformando la carta.

“Es un menú donde encuentras platos apropiados para un ambiente de montaña, como el churrasco. Usted puede comerse aquí un churrasco Angus exquisito a un precio menor que en Santo Domingo o Santiago, porque los costos son menores”, precisa Jiménez, orgulloso de la riqueza agropecuaria del municipio.

Como un regalo a los clientes, motivado por la abundante hortaliza y sus precios muy por debajo del que tienen los mismos productos en otros lugares, cada día preparan una estación de ensalada donde los comensales pueden servirse sin pagar por ella.

Son productos frescos que, asegura, tienen mejor sabor y para demostrarlo invita a degustar ensalada capressa, pechuga rellena de plátano maduro, filete a la montaña acompañado de una salsa que combina vegetales, vinagre balsámico y sal al gusto, y como postre, crema chantilly con fresas cubierta de chocolate.

Interiores que invitan

El Miguelito Grill y Tapas está ubicado en la calle Luperón esquina Duarte, una zona urbanizada del Centro que deja ver el paisaje natural privilegiado a través de grandes ventanales creando un interesante contraste con la acogedora y vanguardista decoración resultante del ingenio de los propietarios.

En el interior, la pared frontal luce un azul añil que sirve de base a un conjunto de estructuras cuadradas en diferentes y llamativos colores, que los visitantes aprecian como arte hasta que, sorprendidos, los más curiosos se enteran de que son anafes de los que utilizaban nuestras abuelas puesto en valor, tras ser rescatados de algún rincón de la ferretería que, aunque tiene 18 años con los Rodríguez, existe desde hace medio siglo.

Esa interesante composición forma un ángulo con la pared izquierda pintada en un contrastante rojo chino que separa el restaurante de la ferretería al tiempo que los une a través de una puerta. Sin dudas, un espacio que deleita más de un sentido.

 

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