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16 de mayo de 2017

Tarta nupcial dominicana, toda una obra de arte

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Quizás después del traje de la novia, la tarta es el punto de atracción más importante en una boda. Todos se acercan para apreciarla e, incluso, es el punto en torno al cual tradicionalmente se realizan la mayoría de las fotos.

Las reposteras dominicanas han hecho de la tarta nupcial una carrera, al punto que los imponentes pudines parecen más bien obras ingeniosas de la arquitectura.

Eso sí, llamar bizcocho a una de estas piezas delante de sus creadoras es como tentar a los demonios. “Bizcocho son los de cinco y los venden en los colmados”, responde al atrevimiento Miriam Gracia de Caro.

Como parte de la evolución, la tarta nupcial o pudin de bodas, términos que sí aceptan, llegaron a valerse del camuflaje para lograr obras majestuosas sin la necesidad de confeccionar un pastel de tal magnitud que resultara un desperdicio.

Caro lo justifica: “El tamaño del pudín debe armonizar con el salón donde se celebrará la boda. Grandes salones requieren tartas de grandes proporciones, de lo contrario se perdería y, por más bello que fuera el diseño, no llegaría a lucirse”.

No obstante, indica que la tendencia de la novia actual es hacia el concepto europeo. Llegan con modelos sencillos y pequeños, que ella respeta pero les hace saber que no les convienen cuando las bodas se celebren en un salón muy amplio y de techo alto. “Porque no es lo mismo una tarta para el hogar, un restaurante o un hotel; hay que orientar a los novios al respecto”.

Adiós al suspiro

Otro aspecto que evolucionó hasta alcanzar un grado de perfección fue el exterior, la cubierta dejó atrás el tradicional suspiro para revestirse de un pastillaje australiano que le aporta un terminado satinado, por momentos con apariencia de mármol, que además de aportar belleza y una apariencia más fuerte al pastel, resalta los ornamentos empleados en la decoración.

La decoración es otro aspecto que también ha evolucionado para aportar una rica gama de recursos, desde los florales, que han sustituido la tradicional pareja de novios que por mucho tiempo permaneció en el tope del pudín.

Pero lo que actualmente hace diferente a estas obras comestibles “es la originalidad con que se trabajan los pudines. Hoy en día puedo plasmar el diseño del encaje del traje de la novia todo en azúcar, tomando puntos esenciales de ese detalle, me puedo inspirar en las flores que decoran el salón, en la temática de la boda, y si tenemos una boda ecológica se puede inspirar en detalles del conjunto, que formen parte del concepto del evento”, precisa la experta.

La masa y la crema, sin embargo, no se quedan atrás. Una muestra de la calidad que ha logrado la repostería nacional es el reconocimiento de expertas como Miriam de Gautreaux, Egla de Cheaz, Petra Rodríguez, Rita Fermín y Miriam Gracia de Caro, entre otras.

Trabajo en equipo

La selección del modelo y los elementos ornamentales no se hace a la ligera, es una decisión de equipo. Como en todos los preparativos para la boda, la novia por lo regular se encarga de este detalle. En algunos casos participa el novio.

Algunas reposteras, como Miriam de Caro, prefieren que vayan ambos, pero que además incluyan a la familia, porque esa ceremonia representa, para ambas partes, la culminación de un sueño y es una forma de que interactúen.

En estos encuentros la repostera obtiene la mayor cantidad de informaciones: lugar donde tendrá efecto la recepción, tipo y color de las flores, forma del traje y de los complementos.

La mayoría de las reposteras prefiere trabajar con el decorador, si lo hay, para lograr un conjunto armonioso.

La mesa y el mantel deben responder también al tamaño y diseño de la tarta. Debe parecer un pedestal sobre el que se eleva una obra maestra, no una base desproporcionada, porque daría la impresión de que tomó cualquier soporte para colocar una de las atracciones principales de la fiesta.

El mantel debe ser un complemento a la altura de la tarta: fino pero discreto, para que no le robe el protagonismo ni se convierta en un desagradable contraste.

Símbolo de la fertilidad

La costumbre de incluir pastel en las bodas tiene su origen en la antigua Roma, pero entonces no se convidaba a los invitados a degustarlo. Los romanos rompían un par de bizcocho por encima de la cabeza de los novios con la creencia de que esta práctica garantizaba la fertilidad de la pareja.

Los invitados, en cambio, recogían las migas del suelo y las comían bajo la creencia de que así atraían la buena suerte. Esta costumbre se conservó hasta principios de siglo XVII, cuando en Inglaterra se ideó la preparación de pequeñas tartas que se apilaban y sobre ellas se besaban los novios.

Por lo regular los pudines se desmoronaban, razón por lo que a mediados del siglo XVII, las múltiples tartas fueron cambiadas por un pastel grande. Esta tradición, que ha perdurado hasta nuestros días, conserva como reminiscencias de sus orígenes los diferentes pisos que componen el pastel. Igualmente, los novios por lo regular se besan para la foto detrás del pudín y juntan sus manos para hacer un corte simbólico y partir el primer pedazo del pastel.

 

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