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7 de febrero de 2017

Los dulces (I)

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Una de las cosas que han sabido hacer los dominicanos son los dulces, cuya confección en el pasado permitió que muchas familias obtuvieran el sustento diario con dicho producto.

La fama de los dulces dominicanos trascendió las fronteras y son estos los que se insertan en la publicación del libro de las familias de 1881, el cual trataba de recetas españolas, francesas y americanas: “Buñuelos de Mamey: Mamey Santo Domingo y Majarete dominicano”.

Entre las más afamadas dulcerías de esta Capital en el siglo XIX y principios del siglo XX se contaba la de las Sulié que, en competencia con la de las Guiliú, establecidas ambas en la calle Arzobispo Nouel, elaboraran los más finos dulces. Ambas eran especialistas en hacer pudines de novia o matrimoniales.

Los pudines de novia tenían forma de conos gigantes, ya que medían unos 50 centímetros de alto, cubiertos completamente de suspiro blanco y salpicados de profusión de grageas doradas, plateadas o de diversos colores, que le daban un aspecto pintoresco. En ese entonces también elaboraban variados dulces que mandaban a vender a la calle en bateas muy higiénicas.

Las bateas callejeras llevaban variados dulces tales como bizcochos, pudines pequeños, tarticos de guayaba, de ciruela y de coco, quesillos de almendra en barritas envueltas en papel de seda, picado en los extremos, bolitas de batata, piñones y mil dulcitos más, todos deliciosos y finos.

Las Guerrero, que por el apellido pensamos que son de Baní, elaboraban dulces de leche, que era su especialidad, y los colocaban en una especie de botecito de papel blanco.

Jovita Michú y Virginia hacían, cada una en sitio diferente de la ciudad, el mejor majarete Titica, con las mejores masitas, a las cuales les colocaba una pasita en el centro. Beliquita Valverde, experta en cajuiles secos, que colocaba en cajitas de madera de a docena.

Otros hacían buñuelitos de batata sabrosísimos que, en el momento de venderlos, bañaban en la almíbar que llevaba el dulcero en una latita o en un vaso, hasta rebosar un hoyuelo que tenían en el centro.

 

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