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7 de marzo de 2017

La comida de Cuaresma

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“Indudablemente que la Semana Santa ha cambiado”, dijo Moscoso Puello en 1959, lamentando que para ese tiempo, a mediados del siglo XX, los Santos tenían más prestigio que en estos días.

La Semana Santa, el Día de Corpus, el Día de las Mercedes, el Día del Rosario, de la Virgen del Carmen, de la Candelaria, de la Purísima y muchas otras advocaciones eran celebradas con una pompa tan extraordinaria, que el comercio de la calle del Conde no podía menos que contribuir a esas solemnidades, dejando cerradas sus puertas.

En la Semana Santa la alimentación no era igual, pues se hacían rigurosas dietas. Tampoco se bailaba ni se tenían lugares de festejos de ninguna clase. En las comidas no se mezclaba la carne roja ni el pescado, ni se hacían juramentos.

En los días señalados eran muy pocos los que dejaban de comer pescado fresco o salado, habas con dulces, ajonjolí guisado con bollos de plátano maduro, y otros platos reservados para la ocasión.

La Policía cuidaba de que no entraran a la ciudad intramuros ninguna cabalgadura ni circularan los vehículos. Si por alguna circunstancia se permitía el tránsito a cuadrúpedos, se les forraban las patas con trapos para que sus pisadas no produjesen ruido.

Los médicos se veían en la forzosa necesidad de visitar a los enfermos, cubriendo a pie las distancias, y así a pie, se repartía el pan, la leche, el carbón y los más necesarios artículos de consumo. Los establecimientos públicos no abrían sus puertas. Toda actividad cesaba voluntariamente.

En las casas de familia, no se majaban especias en Semana Santa o mejor dicho los viernes de Cuaresma, solían servirse habichuelas con dulce, que es un plato exquisito. “Ese día solo se comía sancocho brujo”, que era de habas verdes, bacalao y víveres, o bollos de plátanos pintado no maduro, rebosados en salsa de ajonjolí, arroz blanco con leche y pan.

 

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