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2 de mayo de 2017

Acontecimientos sociales inciden en el auge de la repostería

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A diferencia de culturas como la norteamericana y la europea, el pastel en República Dominicana ocupa un lugar tan privilegiado en las bodas y fiestas de cumpleaños, que más fácil falta uno de los invitados principales en los álbumes fotográficos de familia, que esa obra de azúcar que, además de punto focal de la ambientación, pocos se atreven a marcharse sin degustarla.

La maestría con que las exponentes de esta disciplina culinaria se han desempeñado a lo largo de la historia, ha hecho que el bizcocho dominicano sea respetado y demandado dentro y fuera del país, tanto por la calidad de su masa como por la creatividad que despliegan sus decoraciones artísticas.

“Estos pasteles conmemorativos se perfeccionan, se refinan y se revolucionan para convertirse en verdaderas obras de arte que requieren conocimientos no solo de decoración de pasteles, sino de arquitectura, pintura, grabado, alto relieve y escultura, todas ellas confeccionadas con ingredientes comestibles para que resulte una dulce obra de arte”.

Así se expresa Miriam de Gautreaux, una repostera que ha estado presente, no solo en la mayoría de los acontecimientos sociales del país a través de sus pasteles, sino en la evolución de los mismos y la formación de la mayoría de las personas que en el país han hecho de este arte comestible su medio de vida.

La repostería durante la dictadura trujillista

El auge de la pastelería, el refinamiento y suntuosidad de sus decorados tiene mayor incidencia desde principio del siglo pasado, “ya que el esplendor de las cortes reales salió de los palacios y llegó no solo a las clases privilegiadas sino que se convirtió en el estilo de vida de todas las clases que podían darse el lujo de hacer grandes celebraciones”, apunta Miriam de Gautreaux.

República Dominicana no se quedó atrás. Con la llegada del dictador Rafael L. Trujillo al poder en 1930, surgió una nueva clase que quiso ponerse a la par con sus iguales de esos tiempos iniciándose una competencia en el esplendor de las fiestas, donde cada una debía superar a la anterior, amplia.

Como cada acontecimiento social demandaba un hermoso pastel las decoradoras, en su mayoría mujeres que para entonces trabajaban en sus casas, se vieron obligadas a emplearse a fondo para garantizar la calidad de sus propuestas, por lo que fueron haciendo un nombre.

Así señala Miriam de Gautreaux, para luego explicar que una parte de las reposteras que conforman esa generación trabajaba para la clase alta, pero también hubo otra que llenaba los requerimientos de un nivel más bajo, que igual demandaba un pastel vistoso en cada celebración. En ambos grupos, la calidad de sus trabajos era la carta de presentación.

Las reposteras de esa generación eran autodidactas y en su mayoría de la Capital y Santiago. Se fueron perfeccionando en la medida que sus trabajos se lo exigían, apoyándose en algunos libros y ya para 1940, algunas se habían especializado en México, precisa la maestra.

Las exigencias sociales de esos tiempos, el empeño de esa generación y la disposición de algunas de esas reposteras en convertirse en maestras del arte de la repostería, trazó el desarrollo de ese renglón de la gastronomía.

 

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